El pasado de Tamara revelaba un holograma de circunstancias vividas años atrás en la búsqueda incansable de Malvina, durante el verano de ese año perdido, en vano. La casa de Lola, Rita y Julián los recibió a ella y a Victor como a dos pimpollos a punto de nacer. Se sentaron a la mesa con otros amigos desconocidos y cenaron casi en silencio. Lola llegó más tarde con Florencia, ambas muy sueltas de ropa debido al extremo calor que hacía en Buenos Aires. Por ese entonces, a Tamara, el amor se le aparecía como una imagen lejana, nutrida de esperanzas que se desvanecían a medida que pasaban los días. Miraba a Lola tirarse en la cama en zapatillas luego de una larga jornada dedicada a fotografiar jóvenes para una revista de moda, y pensaba en el estancamiento de las cosas. Lola abrió los brazos y bostezó, estirándose en el colchón, elástica, desenvuelta, algo que, particularmente, la caracterizaba. Sus labios al natural lucían más bellos que los de cualquier mujer maquillada; su cabello era ondulado, negro, caída perfecta. Su frescura opacaba a Florencia.
Se acomodaron y tomaron un vaso de cerveza, riéndose de chistes internos que, por supuesto, ni Tamara ni Victor entendían. Julián permanecía callado, penetrado por la dulzura de Rita, quien lo cautivaba sin terminar de admitirlo, temiendo el dolor de Priscila por el engaño de su novio y su mejor amiga. Lo que se evitaban Rita y Julián era tan palpable que era imposible no darse cuenta del amor que sentían. La cena fue amena. Sin embargo, Tamara leía en los dientes de Lola el deseo de evocar a Malvina. En realidad, no estaba segura de estar leyéndolo o de si, verdaderamente, Lola quería mencionarla. Podría decir, ahora, que era su deseo de saber acerca de Malvina el disparador de un montón de sensaciones que se le presentaban, una tras otra, esa misma noche. No podía olvidarla. Habían pasado meses de aquella primera pelea y Tamara seguía sintiendo un amor iracundo, violento, interminable, casi obsesivo: la imperiosa necesidad de encontrarla para explicarle sus sentimientos. Pero Malvina no daba señales. Ni un rastro de ella, en un vaso, en una habitación, en los archivos de la computadora de Lola. La cabeza le estallaba. Quería gritarlo todo. Florencia reía mientras bebía una copa de vino y Tamara continuaba su sonrisa, como para contrastar su revolución interior.
Se acomodaron y tomaron un vaso de cerveza, riéndose de chistes internos que, por supuesto, ni Tamara ni Victor entendían. Julián permanecía callado, penetrado por la dulzura de Rita, quien lo cautivaba sin terminar de admitirlo, temiendo el dolor de Priscila por el engaño de su novio y su mejor amiga. Lo que se evitaban Rita y Julián era tan palpable que era imposible no darse cuenta del amor que sentían. La cena fue amena. Sin embargo, Tamara leía en los dientes de Lola el deseo de evocar a Malvina. En realidad, no estaba segura de estar leyéndolo o de si, verdaderamente, Lola quería mencionarla. Podría decir, ahora, que era su deseo de saber acerca de Malvina el disparador de un montón de sensaciones que se le presentaban, una tras otra, esa misma noche. No podía olvidarla. Habían pasado meses de aquella primera pelea y Tamara seguía sintiendo un amor iracundo, violento, interminable, casi obsesivo: la imperiosa necesidad de encontrarla para explicarle sus sentimientos. Pero Malvina no daba señales. Ni un rastro de ella, en un vaso, en una habitación, en los archivos de la computadora de Lola. La cabeza le estallaba. Quería gritarlo todo. Florencia reía mientras bebía una copa de vino y Tamara continuaba su sonrisa, como para contrastar su revolución interior.







1 mensajes:
El problema del lesbianismo, es que nunca, pero nunca, vamos a tener una niña con esos hermosos bigotes que lucen los muchachos.
Un beso, me gustó la historia.
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