martes, 20 de noviembre de 2007

La cosa que mora bajo la luz del sol

Paredón, agazapado detrás de un gran tocón, sumergido en la sombra de los laureles que lo rodeaban, observaba lo que sucedía al otro lado de la calle. Ese templo era uno de los pocos templos que quedaban en secreto en esa zona oscura que se extiende en la periferia de la ciudad, región nombrada por muchos como Gran Buenos Aires y de la cual solo unos pocos iniciados saben su verdadero nombre. El templo era igual de misterioso que la región, y era conocido por nada más que por los vecinos adyacentes, que guardaban silencio ante los gritos y sonidos que, juraban, provenían del gran patio, ese patio situado a un costado del edificio principal -una casa construida en el siglo pasado, en la época de las cooperativas de vivienda-, un patio al aire libre, bajo las estrellas; y paredes de tres metros junto con medianeras de dos metros y medio, con botellas rotas prendidas en el cemento, alineadas a lo largo de la fila de ladrillos superiores, que lo separaban de la vista y entrada de los no adentrados en los misteriosos ritos que allí se practicaban.

Las vecinas cuchicheaban que el lugar era maldito; y no tanto por lo que sucedía de noche, que debía de ser horroroso de ver también, sino porque una vez que se retiraban los acólitos, llegado el amanecer, el lugar continuaba poblado de algo, bastaba aguzar el oído para escuchar pasos, ruidos y carcajadas grotescas, indicadores de que allí moraba una corrupción que no retrocedía siquiera ante el sol y sus asociaciones con lo limpio, lo santo.
Paredón miraba, con ansiedad y un poco de temor también. En unos minutos comenzaría la ceremonia, la interminable ceremonia que noche tras noche se sucedía cuando los Santos bajaban. Numerosas leyendas urbanas hablaban de seres de otro plano llegados en ceremonias y ritos primigenios que escapaban a los cuerpos que debían contenerlos o se adueñaban de estos y luego vagaban por las calles, en las horas nocturnas, buscándo incautos.
Los acólitos llegaban, golpeaban la puerta, ésta se abría sigilosamente y la cabeza del siniestro Pai, un hombre enjuto, con pequeños ojos y tantos pliegos en su piel que estos hablaban de su edad como los surcos de un tronco revelan los años de vida de los árboles. Se contaban muchas historias sobre este hombre: que había venido del Brasil; que había venido del corazón de África; que había venido de las Antillas; o que su espíritu había corporizado en Brasil; que había corporizado en el corazón de África; que había corporizado en las Antillas. Y este hombre, luego de intercambiar palabras con los miembros de la secta, decidía quién pasaba y quién no. Aquel que era rechazado, por lo general pobres diablos sin dinero, se retiraban cabizbajos, con el paso rápido, para perderse en la oscuridad de la que habían salido.
Una vez ingresados todos, el silencio invadió el templo. Paredón trató de contener la respiración, para poder escuchar; así, por unos minutos sólo resonó en sus oídos el latir de su corazón, hasta que los golpes se hicieron más fuertes y ahí se dió cuenta que, armónicamente, los atabaques y ngomas habían empezado a sonar. El ritual había comenzado.
Saltó del lugar en que permaneciera oculto y rápidamente cruzó la calle, saltó frente a una de las paredes que rodeaban el patio y sosteniéndose de los ladrillos que sobresalían en lo más alto hizo fuerta para asomar su cabeza y poder contemplar lo que ocurría.
Una choza en medio de un círculo de ofrendas; un círculo de velas rodeándo las ofrendas; y los acólitos rodeándo todo, recitándo una letanía con una palabra de un idioma más antiguo que el yoruba, idioma surgido quién sabe en qué oscuros orígenes.
El Pai entró al círculo, se acercó a la choza y golpeó. La puerta se abrió y la Mai se presentó. Paredón tembló y estuvo a punto de caer ante la belleza de la Mai, pero exhaló un suspiro y se mantuvo. Es que la Mai no era como las demás sacerdotizas; ella no vestía las largas polleras, la ropa floreada, sino que llevaba un provocador vestido negro que dejaba sus piernas y su escote a la vista; ella no era gorda y sin gracia, sino que tenía una figura estilizada, su rostro era violentamente hermoso y acorde a la exhuberancia de su cuerpo.
El Pai rabió por dentro: era muy celoso. A su edad, estar con una mujer asi era más de lo que podía pedir, e iba a estar eternamente agradecido a los Santos por concederle esa gracia o la gracia de tener el dinero suficiente como para que esa mujer se mantenga a su lado. Y por supuesto, verla asi, tan ligera de ropas, lo enfurecía. Pero los dioses no comprendían esto, y la única forma de que la terrible Pompa Gira entrara en el cuerpo de la Mai era recibirla con la vestimenta que merece tan terrible espíritu superior. Asi que hizo las señas correspondientes, articularon sus labios las frases correspondientes, y la Mai hechó la espalda hacia atrás, el cabello colgándole. Los acólitos destaparon varias botellas de vino y agitándo las botellas salpicaban a la mujer, mientras la letanía que no habían dejado de repetir sonaba como un grito y los instrumentos que no habían dejado de percutir aceleraban sus golpes y su intensidad.
El Pai comenzó a bailar, agitándo su cuerpo, moviéndo sus brazos sin ningún orden, y luego, de a poco, la Mai se incorporó, y lentamente empezó a agitar su cuerpo y a mover los brazos sin ningún orden; y se puso a bailar con el Pai, que gritaba en un idioma incomprensible que la Pompa había llegado, que echaba bendiciones sobre todos y sobre él.
Pero tan súbitamente como había bajado a la tierra, la Pompa paró su danza en seco. Lanzó un alarido, arañó la cara del Pai y corrió a la choza: la ceremonia había finalizado. Rápidamente los pies comenzaron a moverse, a huir, porque nadie quiere ganarse la furia de un Santo. El último en salir fue el Pai, que lo hizo cerrándo con doble llave la puerta tras él.
En ese intérvalo, en que el Pai y los demás salian, Paredón volvió a ocultarse entre las pocas sombras que aún quedaban antes del amanecer. Una vez que vio como todos se fueron, que la cuadra estaba despejada, volvió a acercarse al muro. Se sacó la remera, la sostuvo con sus labios, escaló la pared, y usó la prenda para tapar los pedazos de vidrio y poder pasar sano al otro lado. Había quedado en cueros, pero valía la pena si lo que quería era penetrar en los misterios del templo.
Caminó hacia la choza, tomó una botella de vino de las ofrendas, la destapó y sorbió un trago para darse valor. Su mano estaba por empujar la puerta, pero no pudo hacerlo porque se abrieron desde dentro: la Mai-Pompa Gira saltó sobre él.
- ¡Paredón! Te extrañé. -Dijo la mujer para luego morderle los labios.
- No se iban más, hoy tardó más de lo habitual.
- Pero no importa, ahora tenemos hasta la noche, y comida y bebida gratis, como siempre.
Volvieron a besarse, e hicieron el amor, y corrieron borrachos por el templo, lanzando gritos y carcajadas grotescas; y las vecinas temblaron por la cosa que moraba aún bajo la luz del sol.

2 comentarios:

desy dijo...

jah muy bueno cerdo, la verdad es que no me esperaba ese final, bien pensado jajaja.
besosss

malu dijo...

me encantó!!! coincido con desy, un final inesperado. y muy atrapante.